
En este gimnasio hay dos saunas y baño turco y este área es… zona mixta. A este apartado erótico-festivo accede cada poseedor del sexo contrario desde sus vestuarios, que sí se encuentran separados. Ahí nos juntamos hombres y mujeres a sudar la marrana después de haber sudado otro tanto sobre las
máquinas saca-bola. No sé si en España esto de la sauna
revolicá-pa’ tos juntos es normal. Aquí, en Alemania es lo más normal del mundo. Cuando aquel día volví a casa con los ojos como platos contándole a mi mujer lo que había visto me dijo que no le diera demasiada importancia, que era lo normal. Lo dicho, aquí en centro Europa el hecho de verle las milongas sentimentales a la señora que diez minutos antes has tenido al lado levantando pesas y haciendo ejercicio sobre las elípticas es de lo más normal. De hecho es fácil que se te clasifique de perverso viejo verde anticuado y retrógrado si eres de la opinión contraria. Así que me dispuse a cambiar mi esquema español y darle una colleja a mi pudor herido nada más se dispusiera a soltarme eso de que revueltos sólo los huevos y para desayunar. Aquel día, después de hacer mi programa de ejercicios y correr durante media hora enfrente de diez paneles de televisión de los cuales ocho emiten continuamente programas donde mujeres –siempre son ellas- aparecen cantando, o actuando, o vendiendo niveas, o son la carnaza en programas donde se eligen los mejores culos y las mejores tetas, siempre mostrando mucho más de lo que se atreverían a hacer delante de sus madres, me dispuse a relajarme un poco y a amortizar los cincuenta euros que pago mensualmente. La sauna estaba vacía, situación ideal para las personas como yo, llenas de complejos. Le di la vuelta a uno de los relojillos de arena que controla el tiempo de cocción y extendí mi toalla en un rinconcillo de la habitación, donde un hilo musical dejaba escuchar tonos de pajarillos exóticos que, de estar allí metidos todo ese tiempo, habrían perdido con seguridad la alegría que reflejaban sus trinos, convertidos éstos en estertores agónicos a los cinco minutos de ese antinatural baño de calor. A los cinco minutos entraron dos armarios alemanes, blancos como la leche y se sentaron al otro lado. Y a los diez apareció la sujeta. Entró despelotá, pornográfica, con las cantimploras bailándole de un lado a otro y destilando una seguridad en si misma envidiable. Nos saludó a todos, avivó los vapores que emanaban las piedras y… se sentó a mi lado. Tengo que decir que los más de ochenta grados, los agobios agónicos que le entran a uno y la tenue iluminación de la sauna evitaron que otros pajarillos aparte de los digitales -que continuaban con sus trinos, insensibles al calor- se pusieran tontos y dieran el cante. No, es absolutamente imposible, te lo digo yo. Es que, a esas temperaturas te da igual que fuera la mismísima Heidi Klum la que se sentara a tu vera y te guiñara un ojo. Bueno, a ésta siempre la acompaña un negraco de espanto o sea, que te quedarías igual de impasible por si acaso. A lo que iba, al poco tiempo, y antes de que el reloj me marcara los quince minutos de rigor, salí como un poseso buscando una bocanada de aire fresco y la ducha. Los alemanes detrás de mí. Y eso de que aquí todo el mundo está acostumbrado al destape mixto nada de nada. El que una
jamelga te muestre sus poderíos y tú te muevas retrocediendo escondiendo tus defectos no es normal ni siquiera en Alemania, lo sé porque ya en la ducha, los armarios
made in Germany, se dedicaron todo el tiempo a comentar como perversos viejos verdes anticuados y retrógrados lo que nuestros ojos habían contemplado entre trinos de pájaros de metal a más de ochenta grados Celsius de temperatura.

La foto es broma, el caso real y se puede encontrar en intenné. Un tío se metió a la sauna antes de irse a la cama pero depués de haberse bebido casi medio litro de coñac francés. El tipo explotó y se incendió con el resultado trágico de muerte. Muerte en la sauna. ¡Es que hay gente que no tiene cabeza pa´na!