miércoles, 23 de diciembre de 2015

¡Feliz Navidad!


En la Noche Buena de diciembre de 1914 ocurrió uno de los sucesos más extraños en la triste historia de las guerras. Fue la llamada tregua de Navidad, un alto el fuego entre las tropas inglesas y alemanas en el frente occidental durante la primera guerra mundial. Todo empezó cuando la víspera de Navidad las tropas alemanas comenzaron a encender velas y a cantar el famoso villancico “Noche de Paz”. Los ingleses se resistieron a disparar y respondieron a su vez entonando villancicos. Poco a poco, los soldados de los dos bandos comenzaron a salir de sus trincheras y caminar hacia tierra de nadie.

El ex-Beatle, Paul Mac Cartney escribió una canción basada en el suceso.
Frank Richards escribió en su diario de guerra:
Levantamos un pizarrón con ‘Feliz Navidad’ escrito. El enemigo también levantó uno igual. Dos de nuestros hombres arrojaron su equipo al suelo y saltaron fuera de su parapeto con las manos sobre sus cabezas al mismo tiempo que dos de los alemanes hacían lo mismo; los dos nuestros caminaron para encontrarse con ellos. Se dieron las manos y entonces todos nosotros salimos de las trincheras y así mismo también hicieron los alemanes.
Esa noche, soldados enemigos se sentaron alrededor del fuego e intercambiaron tabaco, chocolate y sobre todo la esperanza de volver con sus familias.

La tregua terminó por mutuo acuerdo. El 26 de diciembre a las 8:30 de la mañana, el capitán C.I. Stockwell de los Royal Welsh Fusiliers, disparo tres veces al aire y se dirigió a las trincheras.

Esta historia me ha conmovido desde niño.

Deseo que esta Navidad y al menos por una noche salgamos de nuestras trincheras o, que por lo menos, dejemos de disparar.

¡Feliz Navidad a todos!

miércoles, 28 de octubre de 2015

Ambigüedad sinodal


El espectáculo dantesco que nos han ofrecido los príncipes de la Iglesia en las últimas semanas con manipulaciones, filtraciones de cartas contra el Papa, quejas y divisiones, declaraciones y acusaciones no ha terminado todavía. La redacción final de la Relatio del sínodo, en la que cada uno de sus puntos ha sido cuidadosamente votado, ha dejado con mal sabor de boca tanto al sector progresista como al conservador, debido a la ambigüedad que rezuma todo el documento. No ha habido ni vencedores ni vencidos o, si se quiere, todos han sido ganadores, porque las conclusiones a las que han llegado se pueden interpretar a gusto de todos.
Publico unos extractos de los puntos 84, 85 y 86 que tratan sobre los divorciados vueltos a casar. 
Su participación puede expresarse en diversos servicios eclesiales: es necesario por ello discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional pueden ser superadas. Ellos no están y no deben sentirse excomulgados, y pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia.
Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones. En efecto, hay diferencia entre los que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio canónicamente válido. Es entonces tarea de los presbíteros acompañar a las personas interesadas en el camino del discernimiento según la enseñanza de la Iglesia y las orientaciones del Obispo. En este proceso será útil hacer un examen de conciencia, a través de momentos de reflexión y arrepentimiento. Además, no se pueden negar que en algunas circunstancias “la imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas” (CCC, 1735) a causa de diversos condicionamientos. Como consecuencia, el juicio sobre una situación objetiva no debe llevar a un juicio sobre la “imputabilidad subjetiva”. En determinadas circunstancias las personas encuentran grandes dificultades para actuar de modo distinto. Por ello, mientras se sostiene una norma general, es necesario reconocer que la responsabilidad respecto a determinadas acciones o decisiones no es la misma en todos los casos. El discernimiento pastoral, teniendo en cuenta la conciencia rectamente formada por las personas, debe hacerse cargo de estas situaciones. También las consecuencias de los actos realizados no son necesariamente las mismas en todos los casos.
El recorrido de acompañamiento y discernimiento orienta a estos fieles a la toma de conciencia de su situación ante Dios. El coloquio con el sacerdote, en el fuero interno, concurre con la formación de un juicio correcto sobre lo que obstaculiza la posibilidad de una participación más plena en la vida de la Iglesia y sobre los pasos que pueden favorecerla y hacerla crecer.

Si se analizan bien las conclusiones, en ningún momento se da vía libre a que los divorciados vueltos a casar puedan comulgar, pero tampoco dicen lo contrario. Es más, se habla de discernimiento, de que cada caso es distinto y que los pastores y Obispos deben acompañar a cada persona en su situación particular.

Caos.

Caos, porque cada uno ha empezado a interpretar lo que le apetece y sigue barriendo para su casa. ¿Para qué era necesario entonces un sínodo si al final nadie se aclara? 

La Iglesia ha utilizado una vez más un lenguaje ambiguo para contentar a todos y evitar así la situación de cisma que se respira desde hace tiempo, por ejemplo, entre la Iglesia de Alemania y la de Roma. Los medios religiosos conservadores, como Infocatólica, y que se han dedicado a tachar de herejes y malvados a los cardenales y obispos que defendían el aperturismo en la doctrina, siguen pidiendo una purga para expulsar a los que no piensan como ellos. Y los medios más progresistas, como Religión digital, ven en el resultado del sínodo un claro avance de apertura y cierran filas en torno al Papa Francisco.

El sínodo no ha aclarado nada porque los fieles y sacerdotes de a pie seguirán confundidos al no saber si la interpretación del texto permite, tras el discernimiento adecuado, el que una persona divorciada y, por ejemplo, injustamente abandonada y vuelta a casar, pueda acercarse tranquilamente a recibir la comunión.

Creo que la Iglesia con su actitud ambigua ha sido cobarde y, por miedo, no ha querido pronunciarse ni en un sentido ni en otro. Pero también se demuestra que la normativa religiosa es fruto del consenso de sus dirigentes, y que votar la doctrina, aceptarla e imponerla por mayoría no es algo que vaya a funcionar en el siglo XXI. ¿Por qué tengo que someter mi conciencia a la ideología de un determinado grupo?

Esto es lo único que, desde mi punto de vista, ha dejado claro el sínodo y corrobora lo que está siendo noticia desde hace unos años: el que la Iglesia ha perdido credibilidad y sus fieles empiezan a abandonarla. 

¿Cómo no va a ser así si ni siquiera los que la dirigen se aclaran entre ellos? 

Las famosas imágenes del cardenal Cañizares vistiendo pomposamente (aunque sea verso suelto) ejemplifican el anacronismo en el que se encuentra la Iglesia católica, y permite entender mejor el rechazo que provoca una institución que impone a sus fieles cargas o las alivia según sea el balance de fuerza entre los sectores ideológicos que la componen. 




Actualización: Y sigue el lío, con declaraciones de cardenales y reacciones en contra en la que algunos se plantean si pueden seguir en la misma Iglesia con los que piensan de distinta manera a como lo hacen ellos.




martes, 6 de octubre de 2015

Andrea



Estos días está siendo noticia el triste caso de Andrea, una niña con una enfermedad degenerativa mortal y que, según parece, se encuentra en estado terminal. La decisión de los padres de suspender la alimentación artificial y proceder a una sedación que la ayude a paliar dolores en su final ha sido vista como un alegato a favor de la eutanasia e incluso asesinato por algunos sectores religiosos.

Según una nota emitida hace algún tiempo por la Congregación para la Doctrina de la Fe, no es moralmente lícito retirar la alimentación asistida a un enfermo que se encuentre en estado vegetativo, ya que de ese modo se evita el sufrimiento y la muerte derivados de la inanición y la deshidratación.

Dejando de lado que la sedación evitaría el sufrimiento por inanición y deshidratación, pasan por alto los que se han metido hasta las cejas en el debate, que no es lo mismo un enfermo terminal que uno en estado vegetativo. De hecho, es práctica común dejar de suministrar alimento de manera artificial (o no hacerlo desde el principio) y sedar a personas ancianas que se encuentran en estado agónico. 

A diferencia con otros casos, este no es el de una persona que está en coma y que podría seguir viviendo si se le alimentara e hidratara. Este parece ser el caso de una enfermedad mortal en estado terminal.

Pero incluso en el caso de enfermos en estado vegetativo, la Iglesia permite la desconexión de aparatos que aseguran funciones fisiológicas fundamentales y que han dejado de actuar de manera autónoma. Entonces, ¿por qué hace esa distinción con la alimentación con un enfermo que, además, se encuentra en estado terminal? El problema para los moralistas reside en calificar el tratamiento como ordinario o extraordinario, proporcionado o desproporcionado. Mantener a una persona unida a una máquina de ventilación se considera un tratamiento extraordinario, mientras que el uso de una sonda nasogástrica sería visto como un tratamiento ordinario. 

Si no se suministra oxígeno al enfermo que no puede respirar por sí mismo morirá asfixiado, y si no se procura alimento al enfermo que no puede procesarlo por sí mismo (masticar e ingerir) morirá de inanición. ¿No son los dos tratamientos igual de importantes? ¿En qué nos podríamos basar para calificar a uno de extraordinario y al otro de ordinario, a uno de proporcionado y al otro de exagerado? ¿Cuál es pues la diferencia moral? Que me la explique alguien porque yo no la veo. 

A un anciano en agonía se le puede retirar la sonda gástrica (o no implantársela desde un principio) y suministrarle una sedación porque alimentarle artificialmente no va a mejorar su condición. Y con esta pobre chica, que se encuentra probablemente en la misma situación de agonía, ¿no se pude actuar de la misma manera? Creo que si los padres hubieran decidido no permitir la implantación de la sonda cuando la niña ingresó, no se habría producido tanto revuelo mediático. 

La situación terminal no la produce la retirada de la sonda. La muerte está asegurada por enfermedad o vejez. La retirada de la sonda acelera evidentemente un proceso irreversible que estaba en marcha, pero no es la causa directa del proceso que desembocará en la muerte. Con la sonda se la mantiene viva el tiempo que tarde la enfermedad en provocar el final, al igual que lo haría una máquina de respiración. Al retirar cualquiera de las dos, sólo se está permitiendo que un proceso natural irreversible llegue a su término.

No entiendo la lógica moral que permite desconectar una y no la otra.

Creo que mantener a toda costa a una persona "enganchada" a la vida por el método que sea cuando no hay esperanzas de curación o recuperación no tiene por qué ser la opción moral correcta y adecuada. En el caso de una enfermedad irreversible, mortal y causante de sufrimiento, existe una diferencia fundamental entre procurar directamente la muerte del paciente y dejar que la enfermedad siga su curso natural, sin alargar innecesariamente esa fase terminal.

Pienso ahora en la pobre niña y espero que pronto encuentre la paz sin sufrimiento.





viernes, 18 de septiembre de 2015

Divorcio y cristianismo

En la entrada anterior prometí hablar del divorcio en el cristianismo y hoy he encontrado tiempo para compartir un par de reflexiones sobre un tema que estará pronto en todos los medios de comunicación debido al sínodo de obispos que, entre otros cosas, tratará sobre la comunión de los divorciados vueltos a casar. Dedico estos pensamientos a la familia de mi amigo de la entrada anterior. Espero que  les sirva para reflexionar sobre la inconsistencia de su postura, basada en los vaivenes de una normativa establecida por un grupo de hombres.

El divorcio existía en el judaísmo primitivo y se permitía por distintas razones según las interpretaciones de rabinos influyentes como Hillel y Shammay. El primero admitía sólo en el caso de adulterio y el segundo aceptaba como causa cualquier tema en que la mujer que pudiera desagradar al marido. En cualquier caso Moisés lo dejó bien claro:

Deuteronomio 24:1-2 
«Cuando alguien tome una mujer y se case con ella, si después no le agrada por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá una carta de divorcio, se la entregará personalmente, y la despedirá de su casa. »
«Al salir de su casa, ella podrá casarse con otro hombre. »
Y esta era la situación común en el judaísmo. La mujer podía acabar en absoluto desamparo cuando el hombre decidía despedirla de su casa, por ejemplo, si no cocinaba a su gusto. 

El tema del divorcio fue matizado por Jesús de Nazaret al contestar a una pregunta de algunos fariseos y podemos encontrarlo en el pasaje de Mateo 19:3 y siguientes.

« ¿Es lícito que un hombre se divorcie de su mujer por cualquier causa?» 

A lo que responde: 

« lo que Dios ha unido, que no lo separe nadie».

Los fariseos vuelven a preguntar: pero espera un momento…

«Entonces, ¿por qué Moisés mandó darle a la esposa un certificado de divorcio y despedirla?»

Y Jesús responde:

«Moisés les permitió hacerlo porque ustedes tienen muy duro el corazón, pero al principio no fue así. Y yo les digo que, salvo por causa de fornicación, cualquiera que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio. Y el que se casa con la divorciada, también comete adulterio

Cuando oyeron esto los discípulos comentaron:

«Si tal es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse.» 

Y veo muy lógica la reacción de asombro. La doctrina era casi impracticable y esa es la razón por la que Moisés permitió el divorcio al pueblo de Israel.

Antes de seguir, permítaseme un pequeño inciso. En los textos evangélicos no podemos leer de manera clara que Jesús anulara esta excepción hecha por Dios por medio de Moisés. Sólo explica que el divorciado vuelto a casar estaba en una situación irregular “consentida” por Dios y que esa situación era la de adulterio. ¿Quiere esto decir que Jesús dejara claro que a partir de ese momento esa práctica en el pueblo judío no era la correcta? Desde mi punto de vista no es así. Pero esa es otra historia. 

Queda claro pues que para Jesús el divorcio estaba permitido en el caso de fornicación o adulterio y que despedir a la mujer por cualquier causa (que es lo que realmente le preguntaban los fariseos) no estaba bien. Esta es la interpretación más sencilla y correcta del pasaje evangélico. Pero es aquí donde autores y apologetas actuales discuten incesantemente. Para la Iglesia católica (desde el concilio de Trento) el caso de fornicación o adulterio es interpretado como que la unión no fuera matrimonio y sólo concubinato (arrejuntamiento), entonces sí sería lícito el separarse. Esta, que es la interpretación más utilizada por los sectores rigoristas católicos adolece de una simplicidad apabullante y es, mire como se mire, totalmente errónea. Está más que claro que si alguien vive arrejuntado puede separarse sin más y a eso no se le llama divorcio. Si no hay contrato no es necesaria una recisión del mismo. No creo que Jesús tuviera que explicarles esto a los judíos que le preguntaban. Sería de una tontuna desorbitante.

Lo que Jesús estaba diciendo es que SÍ había una causa lícita de divorcio, y esta era el adulterio, es decir, los cuernos.

Esta interpretación (seguida por las Iglesias orientales) es la única correcta y explica el por qué, en el cristianismo primitivo y durante los primeros 16 siglos (hasta el concilio de Trento) el divorcio era práctica aceptada bajo determinadas condiciones. Que esto fue así lo podemos comprobar con los siguientes ejemplos.

San Basilio de Capadocia (330-379), Doctor de la Iglesia escribe haciendo alarde de bastante sentido común:
Si un hombre es abandonado por su esposa, yo no diría que se deba tratar como adúltera a la mujer que después se casa con él... el marido que ha sido abandonado, se le puede excusar si vuelve a casarse y la mujer que vive con él bajo estas condiciones no está condenada.
San Asterio (400), Obispo de Amasea en Asia Menor:
El matrimonio no puede ser disuelto por ninguna causa, salvo la muerte o el adulterio.
San Epifanio de Salamina (310-403), arzobispo de Salamina y Padre de la Iglesia:
Al que no puede abstenerse después del fallecimiento de su primera esposa, o se ha separado de su esposa por un motivo válido, como la fornicación, el adulterio u otro delito, y toma a otra mujer, o si la mujer toma a otro marido, la Palabra divina no lo condena ni lo excluye de la Iglesia ni de la vida... si está realmente separado de la primera esposa, puede tomar otra de acuerdo con la ley, si ése es su deseo.
San Cromacio de Aquilea (335-407), Obispo:
No es lícito divorciarse de la esposa, salvo por adulterio... así como no es lícito divorciarse de una esposa que lleva una vida casta y pura, sí lo es el divorciarse de una mujer adúltera.
San Agustín de Hipona (354-430), Obispo, Padre y Doctor de la Iglesia, matizó en su obra De fide et operibus que el derecho de divorciarse y casarse tras un caso de adulterio no era sólo del marido sino también de las mujeres y llega a decir que el que se divorcia de su mujer, por ser ésta adúltera, y se casa con otra, sólo "comete una falta leve".

Como podemos ver, el divorcio fue aceptado como lícito en determinadas circunstancias por los Padres de la Iglesia orientales y occidentales durante los primeros cinco siglos del cristianismo. Incluso en los concilios de aquellos siglos y posteriores se observa la licitud y regulación del divorcio por causa de adulterio (Arles (314), Vannes (461), Agde (506)). 

En esta época empieza a encontrarse la regulación del divorcio en otros casos distintos al de adulterio, En algunos concilios se reguló la licitud del divorcio por enfermedad de uno de los cónyuges: "si un leproso permite a su mujer que está sana casarse con otro, ella puede hacerlo, y dígase lo mismo cuando la leprosa es la mujer" (Compiègne (757)). El Santo Papa Gregorio II (731) permitió también el divorcio del marido y su posterior casamiento cuando su mujer estuviera enferma.

En un concilio anterior celebrado en Inglaterra (Hereford en el 673) se establecieron muchas causas de divorcio entre las que se encontraban por ejemplo esta:
Si una mujer abandona a su marido por no tenerle respeto y se niega a volver para reconciliarse con él, le será permitido al marido, con el consentimiento del obispo, tomar otra esposa después de cinco años
Y en el concilio de Verberie (752) el canon 9 autoriza el divorcio y nuevas nupcias al marido que marcha a otro lugar por razones de trabajo y a quien la esposa se hubiera negado a seguir. 

Es a finales del siglo IX cuando la Iglesia católica empieza a cambiar la doctrina sobre el divorcio. El concilio de Nantes de 875 enseña que el adulterio es causa de separación pero no de divorcio y que el marido no podrá tomar otra esposa mientras viva la primera.

Pero esto no fue así en las iglesias ortodoxas y orientales que continuarán hasta el día de hoy considerando el divorcio y las nuevas nupcias lícitos en determinadas circunstancias.

A modo de anécdota, podemos incluso encontrar la aplicación lícita del divorcio en el siglo XI, y no por causa de adulterio, en el caso de las hijas del Cid y que se puede leer en el famoso Cantar.

Así pues, entre los cristianos durante los primeros ocho siglos el divorcio fue considerado lícito, seguido de la posibilidad de contraer nuevo matrimonio, y entre las causas de licitud se incluía no sólo el adulterio y el abandono conyugal sino también otras situaciones como la cautividad, la entrada a la vida religiosa de uno de los cónyuges, el intento de homicidio, la ausencia de acuerdo en el lugar de residencia, la falta de respeto, la enfermedad y un número de excepciones que fueron reguladas por papas y concilios. 

Es en el Concilio de Trento (1545-1563) cuando la Iglesia católica da el portazo definitivo con el séptimo canon a las prácticas anteriores y afirma la absoluta indisolubilidad del matrimonio sin aceptar siquiera la excepción del caso de adulterio de la que habla Jesús:
«Si alguno dijere, que la Iglesia yerra cuando ha enseñado y enseña, según la doctrina del Evangelio y de los Apóstoles, que no se puede disolver el vínculo del Matrimonio por el adulterio de uno de los dos consortes; y cuando enseña que ninguno de los dos, ni aun inocente que no dio motivo al adulterio, puede contraer otro Matrimonio viviendo el otro consorte; y que cae en fornicación el que se casare con otra dejada la primera por adúltera, o la que, dejando al adúltero, se casare con otro; sea excomulgado»
Una formulación indirecta sobre la indisolubilidad del matrimonio, pero diciendo a la vez que dicha doctrina no podía ser considerada como una parte constitutiva de la revelación divina. Condena sólo al que no acepta la autoridad de la Iglesia en esta materia (reacción contra Lutero) pero no al que no acepte su doctrina sobre el matrimonio. Una manera inteligente de dejar en el aire la legitimidad de las prácticas ortodoxas de divorcio a las que no condenó expresamente.

Copio de la página del Vaticano:
"No se puede, pues, afirmar que el Concilio haya tenido la intención de definir solemnemente la indisolubilidad del matrimonio como una verdad de fe ."(Comisión Teológica Internacional. Doctrina católica sobre el matrimonio. (1977)).
A lo que Pío XI, en su encíclica Casti connubii, contesta: 
«Si la Iglesia no se ha equivocado ni se equivoca cuando dio y da esta enseñanza, es entonces absolutamente seguro que el matrimonio no puede ser disuelto, ni siquiera por causa de adulterio. Y es igualmente evidente que las otras causas de divorcio que podrían aducirse, mucho más débiles, tienen menos valor aún, y no pueden ser tomadas en consideración.»
Un buen ejemplo de argumento circular y, por tanto, inválido y bastante poco serio.

Me cuesta mucho entender el que la Iglesia considere interpretar correctamente la doctrina de Jesús sobre el matrimonio a partir del siglo XVI, y que desestime lo que dijo Jesus y predicaban los Padres de la Iglesia durante los primeros cuatro y fue práctica común hasta el concilio de Trento.

Hemos visto cómo la doctrina cristiana sobre el divorcio y las nuevas nupcias ha cambiado en el cristianismo sólo en la Iglesia católica, que se ha desviado de las prácticas tradicionales relacionadas con este tema y que se conservan en las otras Iglesias ortodoxas y orientales.

Esta doctrina fue modificándose desde las fuentes basadas en los textos evangélicos y ha sido regulada por papas y concilios diversos hasta el de Nantes y Trento en los que, de manera asombrosa, dejan de admitir la excepción sin que lo consideren una cuestión dogmática.

Resumiendo:

1) Dios permitió el divorcio en el pueblo judío ya que no podía con la doctrina

2) Jesús dice que existen excepciones (adulterio) sobre cuando el matrimonio se puede disolver y confirma que Dios lo ha permitido en determinadas situaciones.

3) En los primeros siglos del cristianismo se aceptó el divorcio y nuevas nupcias en caso de adulterio. Se suman con el tiempo nuevas excepciones reguladas en concilios y por diferentes papas.

4) La Iglesia Católica decide en el concilio de Trento de manera indirecta prohibir la licitud del divorcio y nuevas nupcias incluso en el caso de adulterio, caso permitido por Jesús y recogido en los Evangelios. No es materia de fe y no hay proclamación dogmática sobre el tema. 

5 )Las Iglesias ortodoxas y orientales siguen con la tradición sobre la materia de los primeros siglos. 

6) No es un problema dogmático sino doctrinal y que ha sido modificado mediante consenso por los hombres y no es revelación divina. 

No me gusta entrar en casuísticas pero ¿Es normal que a una persona joven e inocente, hombre o mujer, que se encuentra abandonado por su cónyuge (por adulterio u otros motivos) o cuando se hace imposible la convivencia, no se le permita rehacer su vida y deba permanecer sólo hasta la muerte si quiere salvarse?

¿En qué cabeza cabe esta aberración? 

¿Cómo puede estar la Iglesia tan segura de que es esto lo que Jesús querría? ¿Cómo se puede alguien atrever a imponer una carga tan dura si ni siquiera Moisés pudo hacerlo con el pueblo elegido?



martes, 1 de septiembre de 2015

Divorcio e intolerancia



Escribo aquí el caso de un amigo muy querido. 

Pues resulta que el hombre encontró una chica de la que se enamoró perdidamente y con la que decidió compartir su vida a partir de un matrimonio católico apostólico y romano. Cambió incluso de país y tuvo con ella un número de hijos. Durante muchos años, y a pesar de los altibajos por los que pasa cualquier relación de pareja, empezaron a aflorar problemas sicológicos en la mujer y que comprometían la estabilidad de esa unión. Después de algunos años de haber intentado todo para “curarla” y salvar del desastre a la familia, decidió separarse porque no podía más.

Me lo contó así: algunas veces cuando llegaba de trabajar se encontraba a su esposa en un estado tal que tenía que volver a irse para evitar la confrontación. Y se pasaba la tarde y parte de la noche de vuelta en el trabajo llorando, porque ya no sabía cómo afrontar la situación. Pasó por consultas de médicos, psicoterapeutas y psicólogos, habló con la familia de ella, con amigos y conocidos. Pero nada podía hacer para ayudarla, y ahora ella le reprochaba tantos años de infelicidad en su matrimonio e incluso una vez le envió una demanda de separación exigiéndole que abandonara su casa y a sus hijos en el plazo de un mes.

Tras la separación, mi amigo vivió en la inseguridad de la desdicha varios meses, preguntándose qué era lo que había hecho mal, por qué se había ido todo al traste cuando lo único que había deseado con toda su alma era la salud de su mujer y la vuelta a una situación más o menos armónica con la familia. Pasó sólo las peores navidades de su vida y un invierno de soledad, desolación y sufrimiento moral que no desearía ni al peor de sus enemigos. En los meses posteriores a la separación, su mujer (y la familia de ella) siguió maltratándole sicológicamente, haciéndole culpable de sus males durante todos esos años y responsable de su estado mental. Durante este tiempo y en estas circunstancias, mi amigo conoció entre otra gente a una persona con quién empezó a entenderse bien y con la que estableció una amistad que se convertiría con el tiempo en algo más.


Al año de que decidiera separarse y viendo que la situación no tenía marcha atrás, decidió comenzar con los trámites del divorcio.

Hasta aquí, la historia de este hombre no tiene nada de extraordinaria. Pasó, pasa y seguirá pasando lo mismo mientras que haya hombres  y mujeres sobre la tierra. 

Es por lo que ocurrió después por lo que decidí dedicar una entrada del blog a su historia.

Pues resulta que la familia de mi amigo es católica tradicionalista a ultranza y, aunque siempre había estado a su lado, no vieron con buenos ojos el que mi amigo se echara una novia. Aunque lo que le dijeron es que no aceptaban este hecho porque todo había ocurrido muy rápido, mi amigo no cree que si la chica hubiera aparecido unos años después, la reacción de la familia hubiera sido muy distinta. Incluso después de verlo sufrir durante años, se atrevían a decirle que no había hecho todo lo posible por salvar su matrimonio. 

Ya ha pasado casi un año y medio desde que mi amigo comenzó su nueva relación y se encuentra feliz en ella, esperando que llegue el trámite de la firma del divorcio y que pasen algunos meses más para ver si la vida le concede una nueva oportunidad de encontrar y disfrutar del amor y la compañía de quien parece ser una buena persona.

Pero no, la Iglesia católica y su familia están en contra de que mi amigo rehaga de esta forma su vida cuando ni siquiera ha cumplido los cincuenta. Deberá permanecer sólo y sin amor hasta el final de sus días, si es que quiere salvarse. Mi amigo entiende que, según la moral tradicional de la Iglesia en la que le educaron, el divorciado no puede volver a casarse ni convivir con otra persona, pero lo que no comprende es que, una vez aclarado este punto y tomada una decisión personal, su familia no le pregunte ni una sola vez siquiera sobre este aspecto tan importante de su vida. Le hacen el vacío en este tema por el miedo de que, interesándose por su felicidad emocional, alguien pudiera pensar que se han apartado siquiera un milímetro de la rigurosidad de la ley. Este amigó oyó incluso decir a algunos miembros de su familia que con “esa mujer” no entraría por la puerta de su casa.

Una pena, porque se confunde aquí religión, creencias, opiniones y el respeto por decisiones personales que han sido tomadas en conciencia y no hacen daño a nadie. ¿Qué es más importante: aferrarse a unas creencias indemostrables y al rigor de una normativa modelada por los hombres, o interesarse y compartir la felicidad y la vida de un hijo o un hermano? Pero es que ni siquiera las dos cosas son icompatibles. Uno puede creer lo que quiera y no por ello está mal interersarse por la vida del otro, aunque piense de manera distinta. Lo contrario es intolerancia, fanatismo y discriminación por motivos religiosos. Es juzgar  al prójimo por su conducta algo que, según la religión judeo-cristiana sólo puede hacer Dios. Una actitud que no se puede encontrar en la vida del mismísimo Jesús, al que dicen seguir y del que se cuenta que se sentaba a la mesa de prostitutas y pecadores, sin que aceptara por ello sus pecados. Jesús invitaría a mi amigo y a su mujer en su casa o iría a la de ellos a comer, pero los familiares, como los apóstoles en la escena de la película de Zeffirelli, se quedarían en la puerta. Así de sencillo y de triste, se mire por dónde se mire.

Una situación análoga sería la de aquellos que no aceptan la homosexualidad de un hijo o una hija y el que compartan la vida con otra persona del mismo sexo. ¿Quién soy yo para hacerle el vacio a esas personas porque piense distinto a como lo hacen ellas? Voy a dejar de interesarme por su felicidad y su vida familiar sólo porque yo crea que lo que están haciendo no es lo correcto desde mi punto de vista?

Concepto de acusación
En la próxima entrada, y ya que va a estar de moda, hablaremos del divorcio en el cristianismo y demostraré que, a pesar de la postura tan intransigente de la Iglesia de occidente, fue aceptado durante los primeros cuatro siglos y que sólo se prohibió (y sólo en la Iglesia de occidente) a partir del siglo XVI y en un decreto que ni siquiera era dogmático.

Si el divorcio y la nueva unión es un tema no dogmático y puede estar sujeto por tanto a discusión teológica, ¿cómo es posible que sea tan importante para unos padres o hermanos para llegar incluso a ignorar a mi amigo y hacerle el vacío en esta parte tan importante de su vida?

Yo le animo a que, a pesar de la intransigencia, la falta de tolerancia, la incomprensión que está sufriendo por parte de su familia, siga adelante con la cabeza alta, actuando en conciencia, porque aunque lo juzguen como pecador y deseen para él lo que consideran la única opción para llegar a la salvación, es decir, la condena a la soledad del enclaustramiento emocional en vida, esa vida no la va a vivir nadie por él.


Y aquí lo dejo de momento



viernes, 24 de julio de 2015

Evolución o magia, no hay otra.



Escribo esta entrada a raíz de un comentario en la anterior. 

Una persona muy querida me aconsejaba vivamente visualizar un documental en el que, decía, demostraba que los científicos estamos equivocados cuando proponemos el origen espontáneo de la vida, sin la necesidad de un ser creador u organizador. 

El documental que gira entorno a Lee Strobel, un apologeta cristiano que opina en contra de la ciencia sin ser científico, es un alegato contra la evolución y está lleno de falacias para “demostrar” que la ciencia se equivoca, la evolución no existe y que la vida sólo puede explicarse por la existencia de un Creador.

El documental empieza desacreditando el experimento de Miller y Urey de 1953 y del que hable en el capítulo anterior. Este experimento demuestra que, a partir de elementos y condiciones que existían o podrían haber existido en la Tierra prebiótica, podrían haberse sintetizado las moléculas que son consideradas los ladrillos básicos de la vida. Aunque probablemente nunca podamos saber con seguridad en qué condiciones pudo darse esa síntesis -lo que constituye el argumento más utilizado contra el experimento- se pasa por alto el mensaje fundamental del mismo: el que SÍ sea posible, dadas unas condiciones no demasiado especiales y con los ingredientes que se podrían encontrar en esos momentos en el planeta, la síntesis natural y espontánea de esas sustancias. Esto es más que suficiente para pensar que la existencia de la vida no tiene por qué justificarse mediante un Creador.

El resto del documental es una crítica a la evolución, arguyendo que es incompatible con la fe cristiana (fundamentalista americana).


Yo le preguntaría a Strobel sobre el modo en el que su Dios ha guiado la aparición gradual de las especies que vemos recogida en el registro fósil. ¿Las creó todas a la vez como sugieren los creacionistas quienes consideran contemporáneos al hombre y al dinosaurio? Pero si es así ¿por qué no hay fósiles de gatos, perros, elefantes etc.. en estratos geológicos del Cámbrico u otras eras geológicas anteriores a la nuestra? La única opción razonable que les queda a estos señores es que Dios fuera creando de la nada a cada una de las especies en un rincón oscuro de algún bosque y de manera gradual. ¿Hemos visto que esto pase? ¿Tenemos alguna observación científica que indique que las especies aparecen como por arte de magia? Porque si no es así, ¿cómo explican la aparición gradual de especies?

Strobel y sus amigos “científicos” seguidores del diseño inteligente deberían contestar a estas preguntas y proponer una explicación científica seria antes de criticar a una ciencia que nos demuestra cada vez más la existencia del proceso evolutivo.

Por otro lado, el que piense que un Ser inteligente y espiritual ha sido es el causante de la vida en la Tierra, tendrá que demostrarlo de alguna manera. Mientras tanto, que nos dejen tranquilos a los que intentamos de manera honesta y razonable utilizando la observación y experimentación -y sin utilizar trampas ni falacias argumentativas- entender mejor este mundo y el universo que nos ha creado y acogido.

martes, 30 de junio de 2015

De cómo (posiblemente) se organizó este tinglado

En la entrada anterior propuse la idea de que el orden que vemos en el Universo no requiere la existencia de una inteligencia ordenadora. 

Antes de continuar me gustaría hacer una consideración para aquellos que se echan las manos a la cabeza, la menean para mostrar su desacuerdo o lo hacen para indicarme que me toman por ingenuo.

El razonamiento es bien sencillo. Si aquellos que viendo la complejidad que emerge de la materia no pueden explicarla sin la existencia de un ser superior que la haya organizado, ¿cómo es que pueden aceptar sin más la existencia de ese ser sin explicación alguna? Seamos honestos. Si razonamos que el orden que vemos requiere de una inteligencia superior, esta última debería presentar los mismos requerimientos, es decir, la existencia de algo o alguien que dé cuenta de su organización, y así ad infinitum. Como no podemos aceptar el infinito en la sucesión de causas ordenadoras muchos, siguiendo a S. Tomás, ponen fin a esta paranoia, aceptando la existencia de un ser superior incausado, aunque no lo puedan explicar. Yo lo veo mucho más sencillo: como me resisto a aceptar la sucesión infinita de causas, tiendo a pensar que la materia podría tener como propiedad la posibilidad de auto-organizarse.

Y ahí estamos. 

Pero vayamos al grano. La auto-organización es el proceso por el cual, y debido a la interacción local de los componentes de un sistema, surge un orden o coordinación en dicho sistema sin estar dirigido por ningún agente exterior o interior al mismo, y cuyas características no existen en los elementos particulares que componen ese sistema. Los procesos de auto-organización se puede observar en el mundo físico-químico y biológico. 

Si aceptamos lo que la astrofísica moderna nos cuenta, a partir de esa singularidad que denominamos Big Bang hace 13,7 mil millones de años, comenzó a formarse la materia. Esta fue lanzada en todas direcciones en forma de partículas elementales: electrones, positrones, mesones, bariones, neutrinos, fotones y una larga lista de partículas conocidas hasta el día de hoy. Leptones y quarks se combinaron en un primer nivel de organización para dar lugar a electrones, neutrones y protones que constituyen los átomos. Protones y neutrones se unieron para formar los núcleos de deuterio y de helio y pasados varios cientos de miles de años, los electrones y los núcleos se combinaron para formar los átomos mayoritariamente de hidrógeno. 

En el átomo podemos observar el primer nivel de auto-organización constituyendo la unidad más pequeña de lo que llamamos materia. Los átomos presentan unas propiedades particulares de masa, tamaño y nivel de energía determinados que emergen de la composición de sus partículas elementales. Grupos de átomos de la misma clase constituyen lo que denominamos elementos químicos, que presentan particularidades propias y que podemos encontrar en la famosa tabla periódica. De ellos, el hidrógeno es el más sencillo y constituye más del 75% de toda la masa visible del Universo.


El hidrógeno es el elemento principal de las estrellas y combustible de las reacciones termonucleares productoras de la energía solar que posibilita la vida en la Tierra. Al pasar el tiempo, algunas regiones de la materia crecieron gravitacionalmente aumentando su densidad y formando nubes, estrellas, galaxias y el resto de las estructuras astronómicas que actualmente se observan. Las estrellas son la fábrica de materia del Universo, donde se produce la síntesis de nuevos elementos químicos mediante fusión nuclear, y que esparcen por todo el Universo al estallar en forma de supernovas (somos polvo de estrellas, que decía Carl Sagan).

Cuando al menos dos átomos se unen el resultado es lo que llamamos molécula, poseedora a su vez de particularidades propias y distintas a las de los átomos que las constituyen. Las moléculas interaccionan entre sí mediante reacciones físico-químicas. 

Y estas pueden ser de varias clases: 

1) De síntesis. Dónde compuestos sencillos se unen y forman uno más complejo. (Cloro y sodio se unen para formar la sal o cloruro sódico) 

2) De descomposición. Donde una sustancia da lugar a varias más sencillas. (Descomposición del agua en hidrógeno y oxígeno).

3) De desplazamiento. Donde un elemento reemplaza a otro en un compuesto.

La combinación de elementos y la puesta en acción de estas reacciones es lo que da lugar a las propiedades físicas y químicas de la materia observable y que se encuentra organizada en cuatro estados de agregación: sólido, líquido, gaseoso y plasma. De lo visto hasta aquí podemos deducir que existe un orden intrínseco en la materia que no depende de ningún factor exterior a ella, sino de las propiedades de las partículas elementales de las que están formadas los átomos, que dan lugar a elementos, que conforman las moléculas, de las que están compuestas las cosas materiales que podemos observar. 

Aunque a simple vista sólo encontremos orden u organización en estructuras macroscópicas como cristales minerales, copos de nieve, en la dinámica de determinados fluidos, o en un ser vivo, es verdad que la simple constitución de la materia y su interacción requiere de un orden preciso y de unas leyes que lo dirigen actuando desde lo microscópico a lo macroscópico, confiriendo la aparición de características emergentes en las cosas de una manera gradual y que no poseen sus componentes esenciales. 

Una vez observado y entendido que la existencia de moléculas y átomos sólo es posible mediante la ordenada organización de sus componentes debido a sus propiedades particulares, no veo problema en aceptar que la materia sea capaz de auto-organizarse. 

Y yo lo que veo es orden por todas partes, por muy desorganizado que nos pueda parecer.

La siguiente pregunta es si este proceso es también el responsable de generar la aparición de estructuras complejas como la de seres vivos. Y la respuesta breve es: si la partículas elementales son capaces de organizarse hasta formar estructuras macroscópicas como planetas y estrellas, rocas, dunas, cristales, playas, estuarios, volcanes, nubes, lluvia y nieve ¿Qué impide que siga organizándose hasta formar otras estructuras capaces de auto-replicarse y evolucionar que es lo que define a un ser vivo?

Que no entendamos a simple vista y de momento cómo esto puede suceder no significa que no sea posible. Una de las objeciones más conocidas a la posibilidad de la auto-organización de la materia en seres vivos es la aparente y mal planteada cuestión sobre la entropía y el segundo principio de la termodinámica, que postula que la cantidad de entropía del universo tiende a incrementarse en el tiempo. Como el concepto de entropía se asocia intuitivamente con desorden, se concluye que sin la intervención de un agente exterior será imposible el orden de un sistema, porque de manera natural todo tiende a desordenarse.

Los que blanden este argumento olvidan que este principio de la termodinámica se aplica a sistemas aislados y la Tierra no lo es. El sol es la fuente de energía externa que impulsa la aparición de complejidad en la Tierra. (Y olvidan también que la entropía puede crear orden, como en el caso de la separación espontánea de una mezcla de agua y aceite).

Insisto, aunque pueda parecer extraño, yo veo orden por todos lados. Pero entiendo que explicar cómo las moléculas esenciales que componen los seres vivos llegaron a formarse y cómo comenzó el proceso de replicación de las mismas, condición indispensable para considerar algo como vivo, no sea tarea fácil.

Solemos asombrarnos ante la posibilidad de la formación de moléculas orgánicas sin un mediador catalítico proveedor de la energía necesaria para formar esos enlaces covalentes, y pasamos por alto que estos enlaces también existen en las moléculas inorgánicas sobre las que no tenemos la más mínima duda de que se formen mediante la acción de fuerzas físico-químicas. El agua, por ejemplo,es una molécula inorgánica compuesta de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno unidos mediante un enlace covalente. Se piensa que la síntesis de esta molécula en forma de gas fue un subproducto en la formación de estrellas y nadie tiene ningún problema con esta afirmación. No veo dificultad alguna ni es ilógico pensar que la formación de compuestos orgánicos, es decir, moléculas que contienen enlaces de carbono con otros elementos, pueda haberse producido también de manera espontánea.

Los experimentos de Miller y Urey (1953) (llevados a cabo para comprobar los resultados de Oparin y Haldane de 1922) demostraron que la formación de moléculas orgánicas complejas era posible a partir de una mezcla de metano, amoniaco, vapor de agua, dióxido de carbono e hidrógeno a la que aplicaban descargas eléctricas a altas temperaturas. Otros experimentos han confirmado que la síntesis de las moléculas orgánicas claves para la vida, como aminoácidos y nucleótidos, puede producirse en ambientes prebióticos si se dan las condiciones adecuadas. ¿Entonces?

Hasta aquí la explicación de cómo la materia puede organizarse para producir los elementos básicos necesarios para construir un ser vivo. El que no entendamos de momento los procesos que llevaron a la formación de la primera entidad capaz de replicación (reproducción), no significa en absoluto el que ésta no haya podido generarse de manera autónoma y sin necesidad de intervención de un agente superior exterior a lo que conocemos.

Creo que tenemos bastantes pistas para pensar que la materia sí es capaz de auto-organización, y que mediante procesos de selección natural, la vida ha evolucionado hasta producir la diversidad que encontramos en la Tierra y que nos incluye a nosotros mismos. 


Pero basta por hoy.



miércoles, 29 de abril de 2015

¿Orden sin ordenador?


Esta entrada es consecuencia de una discusión que he mantenido con alguien hace poco en otro sitio del blog. Como el tema es bastante interesante he decido responder de una manera más tranquila y extensa.

No es la primera vez que alguien me dice que yo soy creyente y tengo fe si pienso que todo lo que existe es materia y energía. Me dicen que tengo fe en lo que pienso porque no lo puedo demostrar. Se extrañan que no considere como equivalentes las posturas de creer en un Dios creador y la de sostener que la materia y energía sea todo lo que existe.

Vayamos por partes.

En primer lugar hay que distinguir entre el significado de las palabras creer y pensar. Muchas veces se utilizan indistintamente con el mismo significado. Pero en sentido estricto, creer es pensar que algo es de una determinada manera sin tener pruebas suficientes que lo demuestren; creer es hacer un acto de fe.

Yo no hago un acto de fe cuando pienso que la materia y energía sea todo lo que existe. Es lo que, de manera natural como resultado de la observación, tengo que pensar si no encuentro algo que contradiga esa idea. Y la única manera de contradecirla es el sostener la alternativa de que todo deba su existencia a un creador.

Ahora bien, para proponer esta alternativa tendrá que haber algo que nos lleve a pensar en la posibilidad de que así sea, es decir, que hallemos algún indicio o prueba de la existencia de ese ser superior.

En mis últimos escritos se puede observar el esfuerzo que con toda sinceridad estoy haciendo para encontrar esas pruebas. Hasta el momento el análisis de la filosofía, la de supuestos milagros, apariciones, videntes o posesiones no me ha proporcionado ni el más mínimo motivo para pensar que la existencia de ese ser superior o del mundo sobrenatural no sea más que el resultado de la imaginación de los hombres en su ansia ancestral de buscar explicaciones a lo desconocido.

Mi interlocutor propone que la observación del orden en el mundo es la prueba de que tiene que haber un agente ordenador. En su última contribución niega que se esté refiriendo al Dios de las religiones sino a un diseñador. Desde mi punto de vista no creo que el nombre sea de importancia. Nos referimos a un agente exterior a lo que conocemos y responsable de su creación u ordenación; pueden llamarlo Dios, Creador, Diseñador o como más les guste. Por cierto, podría ser uno o varios.

Mi interlocutor parte de la idea de que existe el orden en el mundo, y si existe orden debe existir un ordenador (como mínimo), como cuando nos encontramos con un cuadro, una escultura o un libro pensamos inmediatamente que debe existir un artista responsable de esa obra de arte. He intentado varias veces refutar este argumento con explicaciones que o son ignoradas o no se entienden.

Lo intentaré una vez más.

El comparar la organización de la materia, el mundo o el universo, con algo que ha sido fabricado como una obra de arte o una máquina, es caer en la falacia de petición de principio. Es decir, incluimos entre las premisas lo que queremos probar. Si decidimos de entrada que lo que existe es una “obra” está claro que el razonamiento exige la existencia del responsable de dicha obra.
Pero no, el mundo y el Universo no tienen por qué ser como una obra de arte. No se encuentran ordenados como una habitación, un libro o un Airbus y su ser no exige necesariamente la existencia de un plan intencionado. El asumir que así es vicia desde el principio el razonamiento y lo invalida. Por otra parte no entiendo por qué no se aplica esa misma lógica al ordenador o creador. Si ese ser existe, a su vez podría ser considerado como una obra de arte, y debe haber algo o alguien responsable de su existencia y así ad infinitum. Se me dirá que la sucesión infinita de creadores u ordenadores no es posible. Pero tampoco se explica por qué deba existir sólo uno o, incluso más complicado, por qué no un creador y un ordenador con funciones separadas. No entiendo por qué no se utiliza  con el creador la misma lógica que se usa para con las “cosas creadas”.

Aparte de la debilidad lógica de este pensamiento, tendríamos que definir primero y bien lo que significa orden. Hagamos un ejercicio mental. Eliminemos del mundo toda obra creada por el hombre. Dejémoslo desnudo, sin siquiera un instrumento de caza o de labranza. Solo. Miremos ahora alrededor. Lo único que podríamos definir como orden es la existencia de seres vivos y de leyes por las que la naturaleza se rige: físicas, químicas y biológicas. Incluso antes de que surgiera la vida en la Tierra, el único orden que podríamos definir como tal es la existencia de esas leyes de la naturaleza gobernando la materia. Se pierde de vista el que por el hecho de existir, la materia interacciona con ella misma en la manera que nosotros hemos descubierto que lo hace y que denominamos leyes. 

Existen cuatro tipos de interacciones fundamentales entre partículas: interacción nuclear fuerte, interacción nuclear débil, interacción electromagnética e interacción gravitatoria y son estas interacciones las que gobiernan todo lo que existe. La disposición espacial y temporal de determinadas partículas y el resultado de la combinación de esas interacciones puede dar lugar a un sistema que nosotros interpretamos como organizado, por ejemplo una célula.

Imagino a mi interlocutor removiéndose intranquilo en su sillón ansioso por presentarme la siguiente objeción: y si existen leyes que gobiernan lo que existe, ¿quién hizo esas leyes? Porque la existencia de leyes exige inmediatamente la de un legislador.

The smallest double slit: Absorption of one photon emits two electrons from a hydrogen molecule. The interaction between the electrons (wavy yellow line) leads to a loss of interference in the electron angular distribution. The experiment shows the first step of the transition from the quantum world to the classical world.



(Courtesy: Till Jahnke, University Frankfurt)El que podamos descubrir que el comportamiento de la materia y la energía se rigen por unos principios no significa necesariamente que alguien los haya diseñado. La manera en que dos cuerpos sólidos se atraen depende del valor de sus masas y del cuadrado de la distancia que los separa, es lo que conocemos como ley de gravitación universal. Las leyes naturales describen fenómenos de la naturaleza que se repiten siempre que se den las condiciones necesarias. ¿Y es posible que esto suceda sin la actuación de un agente externo? Siguiendo a Leibniz, pienso que las leyes de la naturaleza están fundamentadas en las propiedades intrínsecas de las cosas. Por el hecho de existir están ligadas a un espacio y a un tiempo y a unas características particulares según su naturaleza. La interacción de todos estos factores entre ellos mediante las fuerzas que he mencionado antes es lo que determina que las cosas se comporten siempre de la misma manera cuando se dan las mismas condiciones. Hasta ahora no veo la necesidad de un agente externo planificando y creando leyes.


Pero, responderá mi interlocutor, ¿cómo es posible la organización de un sistema sin la contribución de un agente externo? ¿Es posible que la materia pueda autoorganizarse para generar, por ejemplo, seres vivos?


Cuando hablo de autoorganización no estoy haciendo un acto de fe y me gustaría hacer una consideración que, aunque parezca banal, suele perderse de vista en estas discusiones. No es lógico asumir la existencia de algo que no podemos observar, o de lo que no tenemos prueba alguna, como parte de la ecuación para explicar la existencia. El pensamiento humano -y esto no es cientifismo como algunos quieren hacernos entender- funciona así. No podemos echar mano de trucos de predistigitación para explicar lo que con nuestro conocimiento actual no podemos entender.

Incluso en el caso de la materia oscura, que no ha sido hasta la fecha observada y es meramente hipotética, su existencia se deduce a partir de los efectos gravitacionales observables y medibles que causa sobre la materia visible.  Hay indicios lógicos que nos hace sospechar o al menos hipotetizar científicamente sobre su existencia. No podemos decir lo mismo del mundo sobrenatural ni de la existencia de un creador u organizador.

Por eso, no estoy haciendo un acto de fe cuando supongo como hipótesis de partida el que la materia haya debido autoorganizarse para dar lugar a seres vivos, que quizás sean los únicos sistemas donde podamos hablar claramente del orden al que se refiere mi interlocutor. Lo hago así, y no veo otra manera de afrontar el problema, porque todo lo que observo es eso: materia y energía e indicios de la manera en la que se autoorganizan. 

No atenta en modo alguno contra la lógica ni contra el método científico, el asumir que la materia y energía sea todo lo que existe, mientras no encontremos un indicio o una prueba que nos haga pensar lo contrario.

Continuará

lunes, 2 de marzo de 2015

Cuando todo se apaga



He leído la noticia de que el famoso neurólogo y escritor Oliver Sacks (protagonista real de la película “Despertares” e interpretado por Robin Williams) se encuentra en los últimos días de su vida. Este hombre de 81 años y con cáncer terminal se está preparando para decir adiós a este mundo y lo hace de una manera que me ha llevado a pensar una vez más sobre el sentido de esta vida y la aceptación abnegada del sufrimiento y de nuestra condición mortal. 

Tengo que decir que en el ámbito religioso me encontrado con ejemplos de una entereza increíble a la hora de enfrentarse al último tránsito, pero este testimonio, desligado de toda esperanza en una vida eterna tras la muerte, me emociona todavía más. 

Algunos vivimos agobiados con problemas cotidianos, por si no llegamos a fin de mes, por los hijos, las dificultades en el trabajo, los problemas de pareja, la situación tras la catástrofe de un divorcio. Y este barullo de cada día hace que nos olvidemos de lo fundamental. Pero cuando uno se encuentra ante dificultades serias de salud, cuando se siente el aire movido por el manto de la muerte dando vueltas a nuestro alrededor, es cuando alzamos la mirada y creemos saber lo que verdaderamente importa. 

No viene mal atender a lo que nos dicen personas como Sacks, quienes se encuentra ya mirando cara a cara el final de su existencia, y creo que es una buena manera para ponerlo todo en perspectiva. Lo importante es vivir y darse cuenta del grandioso privilegio de haber sido un ser pensante y sintiente, emergido de la materialidad del Universo.

"No puedo fingir que no tenga miedo. Pero mi sentimiento predominante es de gratitud", afirma Sacks. "He amado y he sido amado; he recibido mucho y también he puesto algo de mi parte; he leído y viajado y pensado y escrito... Por encima de todo, he sido un ser sintiente, un animal pensante en este bello planeta, y eso en sí mismo ha sido un enorme privilegio y una gran aventura".

¡Sí señor, ese es nuestro privilegio y nuestra mayor aventura!


lunes, 9 de febrero de 2015

En busca del arca perdida. (Sobre milagros, posesiones, estigmas y visionarios)

Ya hemos repasado los argumentos filosóficos que dicen demostrar la existencia de un Creador y, sinceramente, no he encontrado ninguno que no adolezca de fallos que lo invaliden de manera irremediable. 

Me he paseado también por los argumentos que podrían llevar a la convicción de la existencia del mundo sobrenatural basados en la experiencia personal como es el caso de las apariciones. Tampoco ahí he hallado pruebas concluyentes que puedan convencer sobre la existencia de una dimensión distinta a la que conocemos. 

En los siguientes capítulos analizaré lo que para muchos es prueba irrefutable de la existencia de ese mundo sobrenatural y que se basa directamente en la acción divina. Me refiero a los milagros, posesiones demoniacas, estigmas y visiones místicas. Sé que es un terreno enfangado y resbaladizo pero, a lo Indiana Jones, me arriesgaré en la aventura de encontrar lo que bien pudiera ser el arca perdida del mundo sobrenatural con la esperanza de que al abrirla pueda descubrir si en verdad encontramos el espíritu o simplemente un arcón lleno con el polvo de las fantasías y esperanzas frustradas de tantas generaciones. 

Si queremos analizar milagros no hay mejor sitio al que acudir que a la Oficina de Constataciones Médicas de Lourdes, un organismo creado por el Papa Pio X en 1905 para analizar la sobrenaturalidad de las curaciones que parecen darse en este lugar desde que en 1858 la Virgen se apareció a la niña Bernadette Soubirous.

El Comité Médico Internacional de Lourdes (existente desde 1947), es un órgano científico encargado de analizar los casos presentados y de decidir si acepta o rechaza afirmar que una curación haya sido inexplicable desde el conocimiento de la ciencia actual. Las condiciones para declarar una curación inexplicable, ojo, no necesariamente como milagrosa, son: 

1. Que la dolencia sea incurable, desde un punto de vista científico. 
2. Que se haya puesto de manifiesto la total ineficacia de los medicamentos o protocolos empleados en su tratamiento. 
3. Que la curación haya sobrevenido de forma súbita y no gradual. 
4. Que la curación haya sido absoluta, con efectos duraderos, y no solamente una remisión. 
5. Que la curación no sea el resultado de una interpretación derivada del estado psíquico de la persona. 

Según los datos que poseemos, en Lourdes se cuentan 7000 curaciones inexplicables desde 1858, aunque las aceptadas por el Comité Medico Internacional son sólo 69. 

Si analizamos las enfermedades cuya curación se definió como inexplicable encontramos que casi la mitad de ellas (43.47%) son procesos tuberculosos de distinto tipo y que se distribuyen desde el principio de las apariciones hasta 1952 (en rojo en el gráfico). El resto de enfermedades son bronquitis, oftalmitis, impétigo, parálisis y otras enfermedades entre las que se cuentan sólo tres casos de remisión de cáncer (en verde en el gráfico). 

Es llamativo que los procesos tuberculosos constituyan casi la mitad de los milagros de Lourdes. Si ahora buscamos información sobre el porcentaje de remisión espontánea de las tuberculosis sin tratamiento encontramos que esta se produce en el 29% de los casos. He subrayado el hecho de la remisión espontánea sin tratamiento porque seguramente la mayoría de enfermos que se trasladaron a Lourdes estarían siendo tratados también médicamente. 

Quizás las curaciones de procesos cancerosos sean incluyo más llamativas. Pero para algunos tipos de cánceres la remisión espontánea ronda también el 20% de los casos. Lo que quiero poner de manifiesto es que la remisión espontánea de una enfermedad, aunque no pueda ser explicada por la ciencia, es algo que se da de manera habitual y no tiene porqué tratarse de una acción milagrosa. 

Estudiemos ahora los casos de los que tenemos constancia. Para ello he construido dos gráficas en las que se puede observar la distribución de los milagros según el año en que se produjeron y el de reconocimiento de los mismos. En 1859 solamente una persona, el profesor Vergez, profesor titular de la facultad de medicina de Montpellier, era el encargado de la revisión de los casos. Así que en 1862, este señor aprobó siete curaciones como inexplicables y que sirvieron como argumento para el reconocimiento de las apariciones por Monseñor Laurence. Hasta la puesta en marcha en 1947 del Comité Médico Internacional, hay 36 curaciones declaradas inexplicables entre 1907 y 1913, con un récord de aprobaciones en el año 1908 (22 curaciones). Es decir, antes de que existiera un comité médico compuesto por especialistas de distintos países ya se habían aprobado 43 curaciones como inexplicables, ¡el 62% del total! Y 24 de ellas (el 55%) eran variantes de una enfermedad que puede desaparecer espontáneamente como la tuberculosis (en rojo). 





Resumiendo: hasta que se hizo posible la constatación independiente de los supuestos milagros, ya se había declarado más de la mitad de las curaciones aceptadas como inexplicables y, de ellas, más de la mitad eran procesos tuberculosos que pueden remitir espontáneamente en un 29% de los casos, algo que quizá podría haber llevado a esos médicos de la primera mitad del siglo XX a declarar esas curaciones como milagrosas. ¿Quiere decir esto que esas curaciones no eran milagrosas? No, pero si analizamos todo de manera conjunta, los datos nos hacen dudar de que realmente nos encontremos ante una prueba indudable de intervención de la divinidad. Y de eso se trata: de encontrar pruebas indudables de la acción divina que no puedan ser confundidas con errores en diagnósticos o falta de conocimiento científico sobre los procesos naturales que llevaron a la curación.

En este sentido existe una pregunta muy interesante: ¿Por qué son los milagros declarados en Lourdes tan selectivos y no hay curaciones que no puedan ser confundidas con un fallo en el diagnóstico o remisiones espontáneas? Me refiero a curaciones de por ejemplo un síndrome de Down, o la de una de tantas producida por un defecto genético grave y comprobable, o del Alzheimer, o la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob o, puestos a pedir milagros de categoría, la restitución de un miembro amputado… (y no me vengan con la historía del cojo de Calanda que ya me la sé, incluso con razones más que suficientes para no considerarla digna de crédito).



lunes, 2 de febrero de 2015

El Universo y la nada (II)

La controversia sobre la generación espontánea o abiogénesis, es decir, la pregunta sobre si la vida podía generarse a partir de elementos inanimados, se remonta hasta Aristóteles quien propuso la existencia de una fuerza gobernadora de este proceso. En 1665, Franchesco Redi demostró que los gusanos que surgían en la carne cruda provenían de las moscas, y si la carne se mantenía herméticamente cerrada se evitaba la aparición de estas larvas. El tema era más difícil de abordar a nivel microscópico. El italiano Lazzaro Spallanzani (1729-1799) fue quien comenzó con los experimentos encaminados a demostrar que los microorganismos, y por tanto la putrefacción, no aparecían espontáneamente en un caldo de carne que hubiera sido hervido y cerrado herméticamente. Pero fue Louis Pasteur (1822–1895) quien de definitivamente demostró que la vida no surgía de la materia inanimada de manera espontánea. Para esto utilizó unos recipientes de cristal con un cuello en serpentina y sellados con un algodón que impedía el paso de bacterias o esporas una vez esterilizado su contenido. Este experimento puso fin a la idea de la abiogénesis y nunca más se dudó de si era posible la generación espontánea de materia viva desde materia inerte. 

El mediático físico teórico Lawrence Krauss especializado en cosmología y en física de partículas ha escrito recientemente un libro titulado A Universe from Nothing, que recoge y extiende básicamente el tema de una conferencia pronunciada en el año 2009 en el congreso de la Alianza Atea Internacional en Burbank (California) y que rápidamente consiguió casi un millón de visitas en la red. Krauss sostiene literalmente que el Universo apareció de la nada. La conferencia, como el libro, causó un gran revuelo en foros científicos, filosóficos y religiosos, tanto que Krauss se vio obligado a aclarar en entrevistas y ediciones posteriores que el concepto científico de nada al que se refería no tiene que ver con el uso vulgar de la palabra (la nada absoluta) a la que los filósofos y las personas de a pie estamos acostumbrados y que, según él, no tiene sentido. 

El Universo, según Krauss, pudo surgir espontáneamente de una fluctuación cuántica aleatoria en una especie de vacío cuántico primordial. Este concepto de fluctuación del vacío cuántico deriva del principio de incertidumbre de Werner Heisenberg y se define como un cambio temporal en la cantidad de energía en un punto determinado del espacio que daría lugar a la aparición de partículas virtuales, algo que se ha podido demostrar como cierto en laboratorios de todo el mundo (efecto Casimir). Pero resulta entonces que la “nada científica” de Krauss es una nada bastante llena si no de materia, por lo menos, de toda la maquinaria de la teoría del campo cuántico que debería estar en funcionamiento para producir dicha fluctuación incluyendo espacio, tiempo y energía. 

Confrontado con esta objeción Krauss distingue tres tipos o niveles de “nada”. Un primer nivel en el que espacio y el tiempo existirían con ausencia de todo lo demás. Es esta la situación dónde se produce la generación de partículas virtuales en nuestro universo, modelo que se ha tomado como ejemplo para dar una explicación posible al Big Bang. Un segundo nivel de nada es aquel dónde ni espacio ni tiempo estarían presentes y sólo las leyes de la naturaleza posibilitarían la aparición de lo existente. Y, en tercer lugar, la nada absoluta, dónde nada ni siquiera esas leyes de la física existirían. Me imagino las dificultades de Krauss para explicar cómo pueda generarse algo de la nada. Sólo tiene una salida que, además, deberá compartir con los defensores de la teoría de las cuerdas a la que tanto ha criticado: el que existan otras dimensiones o universos paralelos con su espacio y tiempo particular, en los que podría desarrollarse incluso leyes naturales distintas a la de los demás. 

Este es, desde mi punto de vista, uno de los temas más interesantes de la rama de la astrofísica moderna y que se encuentra representada mayoritariamente, por lo menos en su parte mediática, por Lawrence Krauss, Stephen Hawkings, Michio Kaku y Brian Greene. En principio, no parece tan descabellado el negar la existencia de la nada absoluta, la ausencia de todo, ya que para la ciencia es un concepto imposible.

Aunque para algunos el concepto de nada absoluta pueda ser absurdo y acientífico, paradójicamente parecen recurrir a él para arrinconar la otra posibilidad: la de la existencia de un Creador. Desde mi punto de vista, la solución más fácil para un ateo sería la hipotética existencia de una materia o energía, en forma de multiversos o un vacío cuántico eterno. Por otra parte, si asumimos que el Universo surgió de la nada, tendremos que hacer frente a la máxima “de la nada nada sale” e intentar explicar científicamente cómo esto puede ocurrir. Asumir la generación espontánea desde la nada del Universo es ponerse a los pies de los caballos de aquellos que utilizan el argumento cosmológico de Kalam y sus derivados que postulan que todo lo que tiene un comienzo debe tener una causa y que presuponen, sin motivo alguno y cayendo en una flagrante petición de principio, que el Universo surgió de la nada más absoluta y oscura.

No podemos deducir por la existencia del Big Bang, a partir de cual comenzó a expandirse el Universo, que antes de este evento nada existiera. Paradójicamente, los científicos empeñados en convencernos de que no había nada antes de este evento nos hacen preguntarnos por la naturaleza de esos campos en cuyo seno se produjo la singularidad del Big Bang. ¿Es autosuficiente ese magma de energías y de campos responsable del origen del Cosmos? Creo que estamos muy lejos de poder contestar a esta pregunta, pero en principio, la hipótesis de la existencia de un vacío cuántico eterno, poseedor de la menor energía posible, compuesto de ondas electromagnéticas y de las leyes físicas que las hacen fluctuar, no parece violar ley alguna de la lógica.

Ante esta disyuntiva, ¿qué es más lógico y razonable, pensar en un vacío cuántico, impersonal, eterno y mutable, donde partículas saltan dentro y fuera de la existencia en un proceso que podemos incluso observar, o suponer la existencia de un ser personal, eterno e inmutable de quien no tenemos ninguna pista?

Entiendo el que nos cueste imaginar un vacío cuántico eterno, sin causa, pero ¿por qué nos parece más fácil imaginar la existencia de un Ser personal con las mismas características? Probablemente porque nuestra mente está acostumbrada a encontrar causas, y es más fácil imaginar un agente personal detrás de todo lo que existe, aunque no podamos explicar su procedencia y naturaleza, que el aceptar la eternidad de una existencia impersonal.