Hace cien años nació en Orihuela mi abuelo Luis. Recuerdo la casa en los
Andenes, donde vivió tanto tiempo. Se encontraba enfrente de un almacén de
naranjas que luego convirtieron en el depósito de ataúdes de alguna funeraria. Recuerdo
el pino que un día plantó y del que estaba tan orgulloso porque era de una clase
tan especial que hasta botánicos expertos venían de lejos a observarlo y tomar notas. Recuerdo
una motocicleta tapada por un trapo y destilando aceite en el trastero de la
casa. Recuerdo dos orzas inmensas guardadas en la misma habitación y que, en mi
imaginación, albergaban a los ladrones del cuento de Alí Babá. Recuerdo el olor de los
cítricos al medio día entrando por la ventana y mezclándose con el de la cola que utilizaba
para reparar alguna que otra guitarra y en los trabajos de marquetería en los
que empeñaba el alma. Lo recuerdo siempre con corbata. Recuerdo su sonrisa, su
hablar y su mirada confusa cuando no entendía lo que decíamos debido a su
sordera. Recuerdo su pasión por las almendras, el queso duro, el arroz y costra
cocinado por mi abuela, y la manía de comer dientes de ajo crudos que le
protegería contra todo tipo de cáncer. Recuerdo cuando dejó de fumar y me
señalaba su pie dolorido aquejado de problemas circulatorios echándole la culpa
a su querido vicio y aconsejándome para que hiciera lo mismo. Lo recuerdo
recriminándome un verano porque me había dejado barba. Lo recuerdo, orgulloso, enseñándome las cicatrices que le dejó la guerra y otras veces triste, con la mirada
fija, sentado en su mecedora y abrigado con una manta, escapándose quizás de
nuevo a esos montes donde perdió a tantos compañeros y casi su vida. Lo recuerdo, al fin,
sosteniendo a mi propio hijo en su regazo, satisfecho de haber vivido lo
suficiente para poder disfrutar de tantos nietos y bisnietos.
lunes, 30 de junio de 2014
miércoles, 25 de junio de 2014
Los argumentos del ilusionista

1. Si Dios no existe, entonces los valores objetivos no existen
2. Los valores objetivos existen
3. Conclusión: Dios existe
Thomas B. Warren ha desarrollado el argumento de una manera más detallada.
1. Si se puede someter críticamente (como mal moral real) el código y/o acciones morales de una persona, entonces debe haber algún estándar objetivo (alguna “ley superior que transciende el límite y el tiempo”) que es independiente del código moral particular y que tiene un carácter obligatorio que se debe reconocer.
2. Se puede someter críticamente (como mal moral real) el código y/o acciones morales de una persona.
3. Por tanto, debe haber algún estándar objetivo (alguna “ley superior que transciende el límite y el tiempo”) que es independiente del código moral particular y que tiene un carácter obligatorio que se debe reconocer.
Es frecuente escuchar un razonamiento ridículo relacionado
con el argumento moral y que concluye que una persona no creyente no puede afirmar
la existencia de una moral objetiva porque, al hacerlo, estaría aceptando la
existencia de un legislador externo a la naturaleza. Es decir, la persona atea sería
por definición una persona amoral o defensor de una moral relativa. En
definitiva, un monstruo.
Kant no desarrolló un argumento demostrativo sobre la existencia de Dios
basado en la moralidad, sabía que no podía hacerlo, pero admitió que, de manera
particular, subjetiva y práctica, el creyente debía encontrar en la existencia
de un ser superior la base y razón de la ley moral. En una nota de su “Crítica
del Juicio” acertadamente puntualizó que:
"Este argumento moral no debe proporcionar prueba alguna objetivamente valedera de la existencia de Dios; no debe probar, al que no tenga fe, que hay un Dios, sino que si quiere pensar moralmente con consecuencia, tiene que aceptar lo que admite esa proposición, entre las máximas de su razón práctica. Tampoco se quiere decir con esto: es necesario para la moralidad, admitir la felicidad de todos los seres racionales en el mundo conformemente a su moralidad, sino debe decirse: es necesario por ella. Así, pues, es un argumento subjetivo, suficiente para seres morales". (De la Critica del Juicio, traducción de M. Garcia Morente, Madrid: 3 ed., Espasa-Calpe 1984, 368-369, nota 1)
La prueba de la moralidad se basa en la existencia de unas normas objetivas
a las que, dado su carácter general y su pertenencia al ámbito de la
inteligencia y voluntad del hombre, se les atribuye un origen externo a la
humanidad y a las leyes de la naturaleza. Si analizamos despacio el argumento
podemos entrever la existencia de varios errores de planteamiento. En primer
lugar se da por sentado que la conducta humana, la acción moral, está desligada
de la naturaleza. Es decir, se supone que
el hecho de poseer una inteligencia superior a la del resto de las especies
animales libera de alguna manera al hombre de las ataduras de la naturaleza,
convirtiendo al acto moral en algo así como un evento de grado superior que
parece emerger de entre los efluvios vaporosos del alma. No es extraño, por
tanto, que los mismos defensores del argumento moral no puedan considerar la
racionalidad de la conducta humana como un aspecto más surgido en el seno
evolutivo de la naturaleza. Pero considerar al hombre como un ser especial que
en su vertiente moral no está sujeto a las leyes de la naturaleza
automáticamente invalida el argumento de la ley moral, ya que presupone un
estado especial del hombre fruto de algún tipo de intervención divina cuya
existencia es precisamente lo que se quiere demostrar.
En segundo lugar el uso de la palabra “ley” o “normas” para hablar de la
clasificación moral de un determinado conjunto de acciones predispone al lector
a admitir la existencia de un legislador. De la misma manera que los seguidores
de la corriente creacionista del diseño inteligente cuando se refieren al “diseño”
de estructuras biológicas están sugiriendo de entrada la existencia de un
diseñador. El argumento adolece de una evidente simplificación antropomórfica. El
comportamiento humano está sujeto a unas reglas de la misma manera que otros
procesos de la naturaleza. ¿Debemos suponer entonces que la existencia de
reglas que gobiernan todos los eventos que se producen en la naturaleza presuponen
su dirección por parte de un ser superior? Si es así, no necesitamos seguir analizando
el problema y el argumento moral podría considerarse superfluo: la existencia
de leyes en la naturaleza demostraría automáticamente la existencia de un
legislador externo a ella.


La objetividad de las acciones morales que
clasificamos en buenas o malas según unos estándares que deberíamos definir
como universales es uno de los pilares en el que sustenta el argumento. Pero el
que exista un criterio objetivo o universal no significa necesariamente que su
fundamentación deba encontrarse fuera del ámbito natural. Pondré como ejemplo un
comportamiento que, sin ser moral, no deja de ser universal y es el rechazo de
la coprofagia o coprofilia, es decir, a la ingesta de heces. Aunque entre algunas especies animales se puede observar esta práctica, existe una
tendencia natural e instintiva a considerarla como algo
desagradable, malo, que puede derivar en un peligro para la salud del organismo
y es considerada una patología psíquica. Pero de la existencia de una calificación objetiva de este comportamiento (aun sin pertenecer al ámbito
de la moral) no se sigue el que haya un ser superior que lo legisle.
Es la naturaleza y la evolución la que ha
seleccionado el comportamiento aversivo y universal a ingerir las propias
heces.
Uno de los problemas del argumento moral es rechazar el que la clasificación de las acciones en buenas y malas pueda provenir de una evolución del comportamiento social. Existe entre los filósofos una gran ignorancia con respecto a la naturaleza y su modo de actuar. En la naturaleza se seleccionan comportamientos cuando estos reportan una ventaja para la supervivencia de la población y se rechazan aquellos que suponen inestabilidad o peligro para la especie.
Uno de los problemas del argumento moral es rechazar el que la clasificación de las acciones en buenas y malas pueda provenir de una evolución del comportamiento social. Existe entre los filósofos una gran ignorancia con respecto a la naturaleza y su modo de actuar. En la naturaleza se seleccionan comportamientos cuando estos reportan una ventaja para la supervivencia de la población y se rechazan aquellos que suponen inestabilidad o peligro para la especie.
En las especies animales sociales el comportamiento
de los individuos debe estar absolutamente reglamentado para que esa sociedad animal
funcione, y esa reglamentación ha ido seleccionándose durante generaciones para
obtener la mayor ventaja posible para la especie.
Quizás sea más fácil de entender este punto si intentamos
definir lo que significa y en qué se distingue un acto bueno de uno malo. La
bondad de una acción está directamente relacionada con la adquisición de una
ventaja por la persona o grupo receptor de dicha acción. La maldad de un acto y
su gravedad se podría entender en función de la supresión de una ventaja o la
aparición de un dolor físico o moral. Dejando de lado los caprichos de algunas
religiones que se han dedicado a construir en nombre de Dios un compendio de
moralidad mediante prohibiciones difícilmente defendibles, existe un número
reducido de actos moralmente malos y que se resumen en aquellos que producen un
mal físico o moral. El dolor es algo objetivamente malo, rechazable y de lo que
huimos de forma natural, entonces ¿por qué nos sorprende el que las acciones
que conllevan o están dirigidas a producir ese dolor (asesinato, robo, tortura,
violación etc…) puedan ser clasificadas como objetivamente malas? La empatía,
la ayuda, el sentimiento de justicia que caracteriza a las acciones buenas reportan
un bien de manera natural y se encuentran en la base de los comportamientos
sociales de muchos animales. ¿Por qué nos sorprende entonces el que
consideremos de manera general el altruismo, la ayuda a los demás, como un
valor moral objetivamente bueno y el asesinato como un acto aborrecible?

Desde mi punto de vista, el argumento moral no es más que un truco de prestidigitador, el argumento de un ilusionista.
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