
He seguido con interés el sínodo de Obispos finalizado la semana pasada. Esta
reunión de los pastores de la Iglesia tenía como objetivo el analizar los problemas
actuales de la familia. Pero los temas que mediáticamente más revuelo ha ocasionado han sido la comunión de los divorciados vueltos a casar, la consideración
de otras formas de convivencia, y el tema de la homosexualidad.
Las conclusiones finales de este sínodo se han recogido en la llamada “Relatio
Sinodi” que agrupa los puntos tratados. Se
ha discutido mucho en foros de internet y dentro de la Iglesia sobre esto temas
pero no he visto publicado en ningún sitio algo que me ha llamado la atención de
manera superlativa: el hecho de que la dirección a seguir por la Iglesia se
decida mediante votación. Está claro que este ha sido un sínodo preparativo del
que se celebrará el año próximo y que lo que se ha votado es la redacción final de
las propuestas que se tratarán, pero se puesto en evidencia la existencia de bandos
conservadores y aperturistas o progresistas entre los padres sinodales y la
manera en la que se decidirá la dirección a seguir por la Iglesia en
estos temas.
Un ejemplo es el de la petición del acceso a la comunión
en algunos casos de divorciados vueltos a casar tras un "camino
penitencial" y que tuvo el voto favorable de la
mayoría de padres, pero que no alcanzó la cifra de los dos tercios para
ser aprobado aunque sí incluido en la “Relatio”.
Recordemos el caso en 1968 de la famosa encíclica
“Humanae vitae” del reciente beato Pablo VI, y en la que el Papa
decidió en contra de la comisión a la que consultó sobre la
utilización de medios anticonceptivos, y mediante la que cerraba la puerta a
los matrimonios católicos al uso de la píldora.
El octubre que
viene dependerá del número de obispos que cierren filas en torno a Müller, Burke o Pell, o de los que se adhieran a las
propuestas de Kasper, lo que incline la balanza hacia la
posibilidad de que algunas personas que han fracasado en su matrimonio y que han
decidido rehacer sus vidas puedan volver a recibir la comunión o no.
En definitiva todo queda una
cuestión de votos, intrigas, política, partidos, grupos, opiniones, rencillas, etc…, una manera de
decidir sobre la normativa que el cristiano debe seguir que adolece de todos los defectos de la condición humana.
Y yo me pregunto ¿qué
me obliga a mí a considerar algo como obligatorio o como prohibición cuando lo han
decidido unos señores por votación tras días de intrigas de palacio y dependiendo
del número que apoyara una u otra propuesta?
¿Desde cuándo lo que es verdad objetiva se puede decidir mediante votación? Porque una de dos, o los
divorciados vueltos a casar objetivamente pueden comulgar o no pueden hacerlo, pero esto no
puede depender de que en una votación se alcance los dos tercios a favor o en contra de la
propuesta.
Este ejemplo me ayuda
a entender mejor el tremendo desinterés de la sociedad moderna acerca
de la Iglesia y la religión, y me hace pensar seriamente sobre la validez de unas normas o directrices pastorales y morales que deciden unos señores por consenso.