Lo que he aprendido hasta ahora es que la Metafísica, moviéndose en el
mundo de las ideas y conceptos, mezcla constantemente el mundo lógico con el
ontológico y así crea “entes” y características de esos entes que no tienen por
qué existir en la realidad como sucede en el caso del problema de los universales
a los que Dun Scoto (beato desde 1991) veía como entidades reales y S. Tomás
como algo virtualmente presentes en las cosas (“antes (la idea en Dios), “en”
(en la cosa en sí) y “después” de las cosas (en nuestro entendimiento)).

“El accidente
tiene más necesidad de la substancia para subsistir; él es en ella y por ella y
no podría existir solo”.
Analicemos, por ejemplo, el color según
la física y la neurofisiología moderna. El color es, en el lenguaje llano, una
característica de un objeto: Es en realidad una percepción visual que se genera
en el cerebro mediante las señales
nerviosas que envían los fotoreceptores de la retina al captar las diferentes
longitudes de onda de la parte visible del espectro electromagnético. Todo
cuerpo iluminado absorbe una parte de las ondas electromagnéticas y refleja las
restantes. Las ondas reflejadas son detectadas por el ojo y procesadas e interpretadas
en el cerebro como colores según las longitudes de ondas correspondientes.
Para que exista el color hacen falta tres cosas:
1) una materia estructurada en una determinada configuración o forma
2) la luz que incida sobre dicha materia y
3) un aparato visual y un cerebro que sean capaz de recibir y procesar determinadas
longitudes de onda.
Es de día, el sol brilla y lanza sus rayos por doquier. La luz ilumina unos
objetos con los que "choca" y, según la estructura material de los mismos
será reflejada en determinadas longitudes de onda. Al pasar usted por allí recibe
en su aparato visual esa luz reflejada y su cerebro "interpreta" esa combinación
de longitudes de onda como azul, verde o rojo. Cuando usted ve algo de color negro
es que la luz no se ha reflejado en ese objeto, existe el objeto y la persona
que percibe pero falta la luz reflejada. A eso llamamos negro, a la ausencia de
luz. Cuando entramos en una habitación oscura los objetos están allí, pero no
podemos percibir la luz rebotando contra los objetos. Todo es negro. Después de
este ejercicio mental creo que estamos en condiciones de contestar si el color es
realmente un ser distinto al objeto que decimos "coloreado" y que “existe
en él”. Me atrevería a decir que lo que llamamos color no es siquiera una
característica del objeto. La característica del objeto es la manera particular
en que su estructura material se organiza y que permite la reflexión de
determinadas longitudes de onda y no de otras. Con el sabor o el olor sucede lo
mismo. Decimos que algo es dulce o salado o tiene un determinado sabor porque
al llevarnos a la boca parte de ese objeto, determinadas sustancias que lo
componen interaccionan con los receptores del gusto que poseemos. Ello genera
una señal neuronal que interpretamos como salado, dulce o como cada uno perciba
esos sabores. ¿Es entonces el sabor de algo un "accidente", un “ser
en otro”? Creo que no. La sustancia de la que está compuesto ese objeto es de
una determinada característica. Contiene algunas moléculas que reaccionan con
nuestros receptores del gusto y que desencadenan una señal nerviosa. Son características,
particularidades, pero no son entes reales que distinguimos de otros porque no
existan en sí sino en otros. A esto es a lo que me refería con la manera de ver
la realidad del tomismo y que no se ajusta a lo que sabemos gracias a las
ciencias. No hay necesidad de inventar "entes" que existan en otros
entes. Si esto lo hubiera sabido S. Tomás no hubiera afirmado que el color es
un ente que existe en otro. Pero ese es el problema de quedarse estancado con
la manera de interpretar la naturaleza de la edad media. No sólo se interpretó
mal en aquel tiempo la naturaleza (no podía ser de otra manera porque no existían
los medios adecuados para detectar la longitud de onda ni la técnica adecuada
para su medición) sino que se intentó explicar la realidad no sólo de manera
conceptual sino incluso dando el salto del mundo lógico al ontológico al inventar
y añadir realidades a los objetos como la forma, esencia, acto en potencia,
etc.

El tomismo defiende que nuestro cuerpo, por ejemplo, es un ente individual en acto y que las partes que lo componen, por ejemplo las neuronas que estamos utilizando para escribir e intentar comprender lo que escribo, son entes individuales en potencia, es decir, que sólo serán entes individuales en acto cuando se separan del cuerpo. Según el tomismo, existen entonces varias contestaciones posibles: Sí consideramos al Planeta Tierra un ente individual en acto, los materiales que lo constituyen serían entes individuales en potencia y no en acto. Entonces, si queremos salvaguardar la individualidad factual de los entes que la componen tendremos que responder que el planeta tierra es un conjunto de entes individuales en acto y no un ente individual en acto. Pero vemos que la tierra es perfectamente distinguible de otros planetas y la pensamos como un ente individual. ¿Cuál es entonces la respuesta correcta? Y si no podemos responder a esta pregunta ¿cómo podemos ser tan presuntuosos para, desde la edad media, decir que conocemos la organización de la realidad, la del mundo inorgánico y el orgánico y las características temporales finitas del universo?
En el capítulo anterior analizábamos la demostración de la existencia
de Dios mediante la vía de la contingencia. Como hemos visto, esta vía se
basa en conceptos que no tienen por qué ser verdaderos: por ejemplo, el
hecho de que observemos seres que dejan de existir o que alguna vez no han
existido no significa necesariamente que hubo una vez en la que nada existió o
que el conjunto de esos seres tenga que ser también contingente. Es como decir
que un equipo de fútbol es de color porque todos sus jugadores lo son. Lo mismo
sucede con la posibilidad o no de la existencia de una serie infinita de causas
eficientes. O qué sea exactamente eso a lo que llamamos una causa eficiente. Es
importante definir si el universo es un ente individual o un conjunto de entes,
si los planetas son entes individuales o un conjunto de entes, si los seres
vivos son entes individuales o un conjunto de entes que lo conforman. Mientras
que no se demuestren la validez de esas premisas no podrán utilizarse en una vía
demostrativa. Y este es el punto que la mayoría de pensadores posteriores a S.
Tomás ha criticado y que empezó ya en su tiempo y ha llegado hasta nosotros
(Hermes, Günther, Frohschammer, Feuerbach, Eucken, Saitta, existe una sucinta
revisión sobre el anti-tomismo en el libro “Introducción al Tomismo” de Cornelio Fabro).
Considero el tomismo como una sistema filosófico cementado, dogmático en
muchas de sus premisas y que no puede ser aceptado simplemente porque sí. El
pensamiento ha seguido evolucionando y nuestro conocimiento de la
realidad se basa, no puede ser de otra manera, en las ciencias experimentales.
Existe un neo-tomismo que intenta adaptar
y ajustar los conceptos utilizados por el Aquinate a los conocimientos modernos
sobre la realidad. La opinión de representantes de este movimiento se puede
encontrar fácilmente en foros de discusión en internet y algunos de sus
defensores actúan con la intolerancia propia de auténticos talibanes del
pensamiento. Si no me cree, dese una vuelta por la red.
Creo haber terminado aquí mi viaje metafísico. En los próximos capítulos intentaré
analizar el resto de argumentos utilizados por la apologética moderna: el
argumento de la moral, el de la experiencia religiosa y el de la resurrección.