Publicado por Fundación Burke el 15 de Abril de 2009 en Política y Sociedad.
Conjeturar cuáles pueden ser los efectos y consecuencias de las decisiones que se toman resulta siempre un ejercicio de alto riesgo, máxime cuando tales decisiones se toman en el ámbito de lo público. Y sin embargo es un ejercicio que no puede dejar de hacerse. Por ello, una valoración acerca de la decisión adoptada por la cadena COPE de prescindir de quien hasta hoy es su principal activo como director de La Mañana: Federico Jiménez Losantos, se hace ineludible.
Es obvio que a nadie que no esté en el ámbito de la decisión, de las innumerables particularidades y circunstancias que con toda seguridad han coadyuvado a esta drástica medida, le compete entrar a valorar la conciencia o las motivaciones de las personas que la han tomado. Pero lo que sí debe hacerse es una valoración prudencial acerca de las posibles consecuencias sociales y políticas que necesariamente acarreará, quizás de mayor calado de lo que a primera vista pudiera parecer.
Indudablemente, Losantos es, hoy por hoy, el comunicador mediático más influyente de la derecha española. Y lo es porque, además de sus aptitudes personales para la comunicación -y esto merece subrayarse, en estos tiempos de indigencia-, tiene cosas que comunicar y posee un discurso coherente, sustentado en una amplia cultura vital e intelectual.
Este discurso es liberal, sí, pero de un liberalismo que él, con toda conciencia, ha querido integrar dentro de un planteamiento político (es decir, de acción moral y práctica) más amplio, que incorpora y abarca al grueso fundamental de la derecha española. Federico Jiménez Losantos ha procurado el acercamiento a un amplio sector de población coincidente en un núcleo fundamental de ideas básicas, a saber: la defensa y promoción activa de un concepto de España, la protección de instituciones básicas de la sociedad (fundamentalmente, la familia y la libertad subsiguiente que ésta tiene en justicia para educar a sus hijos), la defensa de la vida humana y de su dignidad insoslayable, junto a principios políticos esenciales como el de legalidad y el de limitación del poder político. La salvaguarda de estos valores la ha llevado a cabo frente a un Estado autonómicamente elefantiásico que cada día que pasa más se convierte en una máquina trituradora de cualquier libertad fundamental. Un Estado que, mediante un imperialismo ideológico y práctico avasallador, amenaza con dejar a la sociedad española absolutamente inerte, si es que no indefinidamente muerta.
No cabe duda de que Jiménez Losantos ha obtenido un éxito notable en sus objetivos, sustentado en parte, justo es decirlo, en la cualidad del medio desde el que ha transmitido su discurso: nada menos que la radio oficial de los católicos.
Además, la presencia de Federico en una radio oficialmente católica expresaba de un modo paradigmático un aspecto particularmente interesante que se está produciendo en las últimas décadas: el acercamiento progresivo entre el mundo laico y liberal, que se halla en el proceso de abandonar viejos resabios antirreligiosos, y el mundo católico, que, ante la presencia casi hegemónica en los ámbitos cultural y político de fuerzas infinitamente más nihilistas y totalitarias, comienza a no identificar al liberalismo como su enemigo. Este acercamiento no es el resultado de una confusión en los principios o de renuncias a la identidad de cada uno, sino una cooperación fructífera y necesaria en lo político (es decir, insistimos, en la acción, la movilización y la consecución de logros comunes). Basta leer el prólogo que el papa Benedicto XVI ha escrito para la última obra del que fuera presidente del Senado italiano Marcello Pera para darse cuenta del calado e importancia de este acercamiento.
Lejos de considerarlo como un competidor molesto y un extraño, desde nuestro planteamiento conservador y tradicional -y, por ello, no liberal- vemos en él una fuente de estímulo para desear hacer, al menos con igual frescura y desparpajo, un discurso de derechas que sea a la vez renovador y tradicional.
Esta confluencia es la que ha protagonizado la respuesta cívica de la derecha española más importante de las últimas décadas, frente al Gobierno más sectario y radical que existe hoy en Europa. Respuesta cívica, por cierto, en la que Jiménez Losantos ha desempeñado un papel transcendental que es necesario reconocerle.
En la vida de cada cual, las decisiones no se toman jamás entre lo que se tiene y lo que se quisiera tener. ¿Cuál es la potencia creativa real de un catolicismo social español para generar Losantos católicos? Si por circunstancias históricas o coyunturales no se ha generado nada así, ¿debemos por ello renunciar (en este caso dinamitar) a construir un espacio público de libertad y de regeneración social? ¿No es acaso esto mucho más católico?
El catolicismo social no puede renunciar a tener criterios claros sobre lo que pasa políticamente en España. Tal vez alguien en el mundo católico tenga que repensar cuál es el régimen político real en el que vivimos. Tal vez algunos sectores de la Iglesia deban reflexionar si se quiere seguir siendo un actor más en el gran juego del consenso político -que no social- español. Con la singularidad añadida de ser el único actor que juega contra sus propios intereses, quizás porque no se han enterado aún de cuáles son las reglas de este consenso.


