Ayer, 25 de junio, murió Michael Jackson. En Europa nos hemos enterado esta mañana, día 26, fiesta de San Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás. Mientras llevaba a los niños al cole oyendo en la radio la triste noticia mezclada con canciones famosas de la estrella del pop, mi alocada cabeza se ha empeñado y ha conseguido hacer un asociación entre estas dos personas.
El escrito de hoy no quiere ser ofensivo para nadie y espero que nadie lo interprete así. No, no es esa mi pretensión, aunque pienso hablar libre y públicamente sobre algo que para muchos es un tabú. Ya se me entenderá.
Estas dos personas: la fallecida ayer y la que lo hizo tal día como hoy hace treinta y cuatro años se parecen, en primer lugar, en el gran poder e interés mediático que alcanzaron. Sus personas suscitaron la aparición de seguidores, fanáticos y moderados, pero también la de detractores a mansalva. Ambos con
siguieron sus propósitos mientras vivieron. Pero hay algo que los une mucho más: la insistencia por renunciar a su pasado y en el afán por parecer lo que no eran. Michael Jackson quiso renunciar a su negra estirpe intentando hacer desaparecer los más mínimos restos de su condición de hombre de color, nariz incluida. San Josemaría, a su vez, tampoco estaba contento con la escasa alcurnia de sus raíces y fue, con el paso de los años, modificando su nombre desde José María Escriba Albás hasta llegar al rimbombante Monseñor Josemaría (todojunto) Escrivá de Balaguer y Albás, Marqués de Peralta (1968-1972). La polémica del marquesado -adquirido fraudulentamente según Ricardo de la Cierva- no ha quedado zanjada y la razón aducida por sus biógrafos (y por su propio hermano en un artículo en ABC con ocasión de su beatificación) era la de ser justo con su familia y rehabilitarlo para su hermano, algo que ciertamente sucedió pero tras haberlo disfrutado durante cuatro años y no durante 24 horas como algunos han difundido por ahí (sólo hay que consultar el BOE). Precisamente, Santiago Escrivá se casó luciendo las distinción de Caballero del Santo Sepulcro, otro título que San Josemaria le consiguió con anterioridad al marquesado.
El apellido Escrivá, al igual que el resto de apellidos de su familia (Albás, Corzán y Blanc), aparece portado
por un ángel en el retablo del santuario de Torreciudad (un jaquelado de oro y gules de quince piezas. Imagen superior izquierda, pinchar para ampliar). Estos escudos también se muestran en el sagrario del santuario y en varias salas de la casa central en Roma. D. Alvaro del Portillo y Díez de Solano tampoco se quedo corto en títulos y honores. Fue Caballero de Honor y Devoción de la Soberana orden de Malta (1958) y poseyó la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort (1967). Las fechas de estos honores e ingreso en órdenes caballerescas coinciden con la tramitación del marquesado para el fundador y, aunque D. Alvaro sí tenía raíces abolengas por los cuatro costados, no encuentro la justificación después de haberse ordenado sacerdote. ¿Cúal es el sentido de la búsqueda de tantos títulos y honores para los máximos dirigentes del Opus Dei y sus familiares? Pues, sinceramente, no lo sé. Ricardo de la Cierva supone un interés en el Opus Dei de aquellos años por dirigir la orden de Malta. En cualquier caso no puede negarse que todo este asunto desprende un tufillo que justifica, ahora me doy cuenta, la crítica de ser una organización elitista. Tampoco pasa desapercibido el interés que existe en el Opus Dei por el ambiente aristocrático y la afición a los escudos de armas: sólo hay que visitar residencias universitarias, centros o colegios para darse cuenta de la querencia hacia escudos, blasones y tapices con motivos heráldicos. Al menos en España, el servicio doméstico de los centros de la Obra vestía uniformado y servía la mesa con guantes y cofia, y supongo que así seguira siendo. A mi me han servido el almuerzo durante muchos años señoritas ataviadas de esa guisa y, en verdad, se siente uno tratado como un marqués. En fin, ya se sabe: cuando el río suena....
He aquí la historia del nombre del fundador:
1902 José María Escriba Albás (según aparece en partida de nacimiento)
1915 José María Escrivá Albás
1940 José María Escrivá de Balaguer Albás.
1964 Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás.1968 Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás, marqués de Peralta.
Me llama la atención que entre los santos que jalonan la historia de la Iglesia la costumbre haya sido más bien la contraria, es decir, la de despojarse de nombres, apellidos y títulos en continuos arrebatos de humildad en vez de la de añadírselos, como hizo San Josemaría. Llegados a este punto he de esperar que no se me moleste nadie. Tengo en mi haber algunos bofetones recibidos y distribuidos justo al año de la muerte del santo y a la tierna edad de diez años precisamente por querer defender su santidad. No creo que haya muchos que hayan llegado a las manos por este motivo. Yo sí lo hice pero fue entonces, cuando todavía no podía pensar por mi cuenta.
La operación estética de San Josemaría no acaba en la modificación de su nombre y apellidos, sus hijos se han dedicado durante años a maquillar su persona hasta hacer de ella un producto que nisiquiera los más recientes avances de restauración arqueológica podrían llegar a limpiar. Esta es mi opinión personal y no veo malicia en ello (ni en mi opinión, ni en la manera de actuar de los hijos de S. Josemaría), es lo habitual en las biografía de otros personajes. De esta operación de maquillaje tenemos pruebas recientes. Se trata del tan discutido proceso de beatificación/canonización. Y si algo se discute es porque no está del todo claro. La verdad es que, bien pensado, todo echa un tufillo raro que ha dado y seguirá dando que hablar.
El pasado fin de semana tuve la ocasión de celebrar el cumpleaños de un amigo en España. En un ambiente distendido y en el que se hallaban varios miembros y miembras (parafraseando a la Aído) de la prelatura, alguien (y puedo asegurar que no fui yo) sacó el tema de la Obra. Aquello acabó por parecerse al famoso programa de la Clave. Lo que más llamó mi atención es que la mayoría se resistía a hablar abiertamente sobre las críticas que han acompañado siempre en su andadura a esta institución de la Iglesia. Yo deje caer la idea de que en el proceso de beatificación se produjeron algunas irregularidades e insistí en que no me parecía de recibo que en dicho proceso se hubieran producidos hechos que pusieran en entredicho la imparcialidad del mismo y que justificaban las críticas. Alguno se echó las manos a la cabeza y casi me tachó de hereje.
Veamos:
En este proceso tomaron parte incluso sus más íntimos colaboradores: el vicario general del Opus Dei, Javier Echevarría, entró a formar parte de la Congregación para las causas de los santos, como consultor (Annuario Pontificio, 1982), seguido del propio prelado, monseñor Alvaro del Portillo (Annuario Pontificio, 1983). No fueron los únicos; más adelante se incorporaron a la misma Congregación otros sacerdotes del Opus Dei: Joaquín Alonso (consultor) y José Luis Gutiérrez Gómez, (relator). Una muestra de lo que puede pasar si el Opus Dei es juez y parte de un proceso es la siguiente: A Miguel Fisac, que conoció muy de cerca al fundador durante muchos años no se le permitió declarar, acusado por el actual prelado de la Obra de desequilibrio mental. Mmm... raro, raro.
¡Hombre, si el río suena, agua lleva! A mi me gusta la luz y los taquígrafos y todo lo que parece sospechoso pues eso, es sospechoso y no podemos pretender que no lo sea. Creo que los fieles de la prelatura han hecho un flaco favor a su institución actuando así. Pero hoy no quiero hablar de la Obra, quizás más adelante daré mi opinión y espero que entonces muchas personas a las que quiero y que pertenecen a la institución no se sientan ni ofendidas ni atacadas.
No, no voy a caer en la trampa de la discusión sobre si una canonización es infalible o no. Miren ustedes, si se puede engañar al tribunal de la Rota para declara nulo un matrimonio o a la inversa, de la misma manera se la pueden meter doblada a la Iglesia en temas de juicios sobre virtudes heróicas, hechos sobrenaturales, milagros y canonizaciones. Y ojo que no estoy diciendo que Josemaría Escrivá no disfrute de la visión beatífica. ¡No se me confunda el personal! No dudo de la santidad de San Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás y, aunque con el repelús que me produce dirigirme a alquien con tan rimbombante apellido por el miedo a no dar la talla, a él me encomiendo en su día. Pero al mismo tiempo, tampoco dudo del ímprobo esfuerzo de sus hijos (y el de él mismo con su insistencia en retocarse el nombre y su interés por los títulos nobiliarios) para crear una imagen que muy posiblemente no se corresponda del todo con la realidad.
Espero que Michael Jackson, otra vez negro, se haya encontrado allá arriba con San Jose María Escriba Albás, ambos libres de las operaciones de cosmética a las que voluntaria y repetidamente se sometieron en vida y que algunos insisten en seguir practicando después de su muerte.